miércoles, 29 de junio de 2011

Humillado


No se me canta escribir sobre el descenso de River. Recién leí lo que escribió Romina y tiene razón: me hizo bien esa tortita divina de manzana y me hizo bien que no me pregunte nada ni me prometa que en un año seguro volvíamos a recuperar la categoría. No digo que ninguna mina entienda de fútbol pero Ro es de esas mujeres que sólo se enganchan con los partidos en el mundial, de esas que te hacen preguntas sobre las reglas de fútbol en los tiros libres más complicados. Yo la amo pero ni todo el amor del mundo me frenó de mandarla a la re mierda en la serie de penales contra Alemania en 2006. 

Pero si tengo que ser sincero --y es la idea de este cuaderno del culo- lo que más me rompió las pelotas de descender fue no poder bancarme las lagrimas. Se necesita mucha fuerza, macho, para comerse la angustia del más grande yéndose a la B. Me acordé de mi viejo, que me llevaba a la cancha de chico... me acordé de aquella vez que fuimos al Monumental a verlo dar la vuelta con el Enzo y Crespo. Qué bueno que mi viejo ya no está, pensaba por dentro, qué bueno que no puede ver esta humillación irreperable de su club del corazón. Y ahí lloré, sí, sobre el final y después, sólo, también. 

Puteé al hijo de puta de Aguilar y mandé a la concha de la lora al forro de Passarella y hubiese roto la pared de una piña si Romina no hubiese estado en la cocina, asustada, callada, preparando la comida. Tiene razón cuando dice que esa noche comimos en silencio y que ese silencio fue especial. Los hombres no lloramos, viejo, nos la bancamos. Parezco una minita pero la verdad es que mi corazón pesado se sintió tremendamente más liviano cuando descubrió que Romina, a pesar de mi humillación y mis lagrimas, todavía seguía ahí. 

Boys dont cry



Sólo una vez lo vi lagrimear a Rodrigo. Fue hace cuatro años, que puede parecer un montón de tiempo pero en mi cabeza se siente como antes de ayer. Bueno, antes de ayer también lo vi llorar, pero de una manera más desesperada que aquel lunes cuando se murió Tito, su papá. Ese día sólo tenía los ojos rojos y vidriosos de llorar escondido mientras le preparaba el café a sus hermanas y a su mamá. La diferencia es que ahora Rodrigo vive conmigo y no tiene espacios para ocultar su angustia. 

Como estaba previsto se juntaron Rodrigo y algunos de sus amigos gallinas a mirar el partido. Me gusta jugar a ser anfitriona y entonces cociné unas mini pizzas con diferentes toppings y habia muchos dips para las papás fritas y esas cosas horribles que a los hombres les gustan mezclar  con la cerveza. La verdad es que el ánimo al principio era optimista y después del primer gol, ni te cuento. Yo no quería saber nada, qué querés, mientras más minutos pasaban del primer tiempo más nerviosa me ponía. Se me hicieron unos nudos en el estómago tan grandes que no pudo disfrutar el té y me recién cuando me puse a cocinar un apple crumble celebratorio se me pasó un poco. Lo que pasa es que los gritos de la cocina me sobresaltaban mientras pelaba las manzanas --me corté un poquito pero no importa. 

Me importaba poquisimo el resultado del partido; cada vez que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina lo que realmente me preguntaba qué iba a pasar si no lograban otro gol o, peor, si Belgrano les empataba. Lo debo haber llamado con el pensamiento. Después del gol del Belgrano y de ese penal que les atajaron, se hizo un silencio y después cuatro hombres grandes empezaron a llorar y a usar la camiseta como pañuelo.

Los hombres lloran raro. No son como nosotras que nos tiramos de cabeza a un abrazo o nos comemos los labios para aguantarnos. Los tipos se tapan la cara y dejan que las lagrimas caigan, gorditas, por las mejillas. Cuelgan mocos de esas narices rojas y hay algo en el entrecejo que habla de un dolor primitivo e infantil. No quise tocarlo con sus amigos cerca y tampoco quise consolarlo cuando nos quedamos solos, después. Ni siquiera me atreví a seguirlo al cuarto donde rompió el rosario de River y un cenizero de vidrio que compramos en Carlos Paz. 

Pero esa noche cuando se sentó a comer, enojado con la televisión pero mirando religiosamente el programa de Fantino, le serví un pedazo de la torta celebratoria que se convirtió en la torta de la angustia y comimos en silencio. Pero no en el mismo silencio del cansancio de la rutina, no en el mismo silencio de ritual que acompaña a los programas de la noche. Comimos en el silencio de dos personas que encuentran en la mera presencia del otro todo el consuelo necesario. 

martes, 21 de junio de 2011

Dios



Desde hace 10 años tengo un rosario con los colores de River que uso como cábala cuando hay partido. Ese rosario lo compré en una fecha perdida del Clausura 97, cuando el Enzo nos dio esa alegría del bicampeonato. 14 años tiene ese rosario. Está hecho mierda, claro. Lo apreté muchísimo en partidos pedorros que no sumaron ni restaron nada. Hoy que lo necesito en serio siento que perdió toda su magia.

Mañana River juega la promoción por primera vez en la historia. Y estoy cagado. Es un miedo total, que me paraliza. Me siento un nene, una minita que tiembla en las películas de terror. Sólo que mi película de terror empezó hace años; después del último campeonato que ganamos en 2008 empezaron a llegar los malos. Simeone, Cappa, Gorosito, Astrada... JJ López. Los odio a todos. Lo odio especialmente al gordo hijo de puta de Aguilar que nos llevo a la ruina y lo odio a Passarella que no hizo nada para parar este desastre, esta vergüenza. 

Mañana River juega la promoción y no puedo parar de pensar en el partido; en el destino que nos espera. Me aterra que nos vayamos a la B, nosotros, un equipo como River Plate, la casa de Alonso y del Enzo, de Crespo y de Labruna y de Ramón Diaz. No me entra en la cabeza. Nunca pensé que iba a llegar el día en el que iba a ver a River jugar la promoción, eso le pasa a otros equipos, a equipitos, no al glorioso River Plate. 

No puedo ni escribir, te juro, me tiemblan las manos. Rezo. Rezo con más fuerzas que nunca. Espero cargar este rosario de una energía mística, invencible, que me quite finalmente este eterno dolor de panza, este sentimiento preminotorio que no me deja dormir ni comer ni escribir como una persona normal.  

Silencio



Desde que River perdió con Lanus el domingo pasado, todo en casa está muy callado. En realidad, es un silencio tenso, lleno de electricidad; un silencio que me angustia porque no sé cómo subsanar. 

No me engaño. Sé que hoy el lugar de la mujer en relación al fútbol es distinto: las hay tan fanáticas como Rodrigo, chicas con la camiseta apretada que usan la bandera como una especie de poncho que las protege del cemento frío de la popular. Pero yo no pernezco, jamás pertenecí, a ese colectivo. Soy el estereotipo de femenino-futbolero: me importa un pepino. Circunstancialmente me pinto la cara para el mundial pero jamás me puse a llorar después de una eliminación ni me preocupé demasiado por entender el significado detrás de la palabra "promoción". Soy, sí, la que te cocina una pastafrola si los ánimos están bajos; soy la que sabe que el domingo después de una victoria Rodrigo es más propenso a la felicidad y los mimos. 

Hace mucho tiempo que los domingos significan otra cosa en esta casa. "El fantasma de la promoción", dicen los diarios deportivos. Yo quisiera decirles que el fantasma de la promoción vive en mi cama, escondido en los estantes de la cocina, en la ducha del baño, en la guantera del auto desde mucho antes que la derrota del domingo pasado. Pero desde hace unos días, desde que ese gol hizo que el miedo se volviese palpable, en casa hay silencio y preocupación y gastadas de amigos bosteros y malhumor, un eterno malhumor que se ve en los dientes apretados, en la presión de los puños contra la mesa, en la manera en la que se lastima cuando se afeita. 

No me interesa el fútbol. Nunca me importó. Jamás se me hubiese ocurrido, en mis sueños de convivencia adolescente, que mi felicidad iba a estar tan ligada al resultado de un partido de fútbol. 

domingo, 12 de junio de 2011

Compartir una película como se comparte una mandarina


No sé por qué le propuse a Rodrigo ir a ver una película. Pensé que la elección iba a ayudar a que no se ponga de un humor de perros -- "The Hangover 2" no es, decididamente, una película de chicas- pero ya desde que se subió al auto se puso de mal humor. Yo lo entiendo, le molesta la gente, le molesta que le respiren encima y tener que hacer cola hasta para ir al baño es un garronazo.


Pero, dale. Nunca salimos, siempre estamos trabajando, nunca hacemos nada juntos. Era una tarde re linda para hacer algo juntos, para compartirlo. Ver una película y comentarle algo a la persona que tenés al lado es lo más natural; es una expresión de cariño y de confidencia. Compartir un chiste como se comparte una fruta, como compartimos tantísimas otras cosas. Pero no, a él le molesta todo.


Igual, coincido en algo con Ro: a mi tampoco me gustan las parejas. Pero no es porque no tolere que charlen sobre la película, no, eso no me importa, yo también sé que soy charlatana. Lo que más me molesta de las parejas es que me recuerdan todo lo que ya perdimos con Rodrigo; todo lo que ya nunca vamos a poder tener. Me encantaría que salga de él la propuesta de ir a ver algo juntos, que piense en mis gustos como yo pienso en los de él; amaría que me trate como si estuviésemos en una primera cita, como si todavía todo fuese una promesa. Después de 10 años no hay tantas oportunidades para agarrarnos de la mano ni para hacer chistes cómplices ni para nada, aparentemente. Sólo el mal humor que le producen los otros y, a veces, también yo.

Pena de muerte


Hay que cortarles la cabeza a todos los hijos de puta que hablan en el cine. Hay que ponerlos contra un paredón, uno al lado del otro, capucha en la cabeza, y dispararles en la nuca. 

Recién volvimos con Romina del cine y tengo una bronca que no me entra en el cuerpo, ni siquiera en mi panza cervecera. ¿Para qué carajo van al cine a comentar la película? ¿Por qué no se alquilan una, tranquilos en sus casas, y charlan lo que se les canta el orto sin molestar a nadie? ¿No estamos en una supuesta crisis del sistema; cómo puede ser que el cine este repleto? ¿Ya no quedan ganas de disfrutar el sol que quieren encerrarse en un shopping atiborrado de minas mirando vidrieras y de tipos malgastando sus sueldos en pochoclos y hamburguesas con sobreprecio? Ir al shopping un domingo es una tortura que no le deseo a ningún ser humano. Y protesté, eh, porque sabía lo que se me venía. Pero me agarró con la panza llena, tirado en el sillón en lo de mi vieja después de mandarme unos fideos, y me dejé convencer. ¿Para qué mierda laburo si no me puedo dar un gusto? Qué gusto, la concha de tu madre, disgusto. 

Ya desde el vamos me puse de un humor de mierda: no encontré estacionamiento y tuvimos que dejar el auto en la playa H que queda como a 8 km de la entrada de Unicenter. Me quería cortar la pija. Cuando llegamos, a esperar para comprar la entrada. La cola daba vuelta el Patio de Comidas. Las filas numeradas no nos favorecieron. Cola otra vez para comprar una gaseosa, para comprar unos masticables, para entrar al cine, para sentarme. ¡Y después bancarme a las parejas de mierda con sus combos dobles y sus cuchicheos pre- película sobre las publicidad pedorras y las preguntas para deficientes que preparan las grandes cadenas de cine! A esos los odio más que nadie. 

Para colmo, los pochoclos salados me hicieron levantarme a mear como 4 veces. Cómo me equivoqué, Dios.  

martes, 7 de junio de 2011

Papá se volvió loco

¡Está crazy Romina! ¿Qué le pasa a las mujeres que cuando se arriman a los 30 se desesperan por tener un bebé? Cuando me dijo que iba a dejar de tomar las pastillas me preocupé. "¿Eso significa que vamos a volver a los preservativos?", le pregunté, levantando una ceja. ¡Ya me acostumbré a no usar, por favor, por favor, no me hagas volver a esa camisa de fuerza! Igual la tranquilicé, le dije, mirá, no te preocupes, hace cómo vos te sientas cómoda. Pero por dentro rezaba, porfavorporfavorporfavor, la misma canción que entono cuando al equipo contrario le toca un tiro libre cerca del área.

Pero cuando me dijo que no, que no íbamos a usar nada, me agarró otro miedo. Les juro que me corrió un frío por la espalda horrible. "Probemos," me dijo con esos ojos grandes, gigantes, que tiene Romina. Perdí el partido, muchachos, ni siquiera salí del vestuario.


"Y bueno", le dije. Así que allá vamos, que sea lo que Dios quiera.