Recién volvimos con Romina del cine y tengo una bronca que no me entra en el cuerpo, ni siquiera en mi panza cervecera. ¿Para qué carajo van al cine a comentar la película? ¿Por qué no se alquilan una, tranquilos en sus casas, y charlan lo que se les canta el orto sin molestar a nadie? ¿No estamos en una supuesta crisis del sistema; cómo puede ser que el cine este repleto? ¿Ya no quedan ganas de disfrutar el sol que quieren encerrarse en un shopping atiborrado de minas mirando vidrieras y de tipos malgastando sus sueldos en pochoclos y hamburguesas con sobreprecio? Ir al shopping un domingo es una tortura que no le deseo a ningún ser humano. Y protesté, eh, porque sabía lo que se me venía. Pero me agarró con la panza llena, tirado en el sillón en lo de mi vieja después de mandarme unos fideos, y me dejé convencer. ¿Para qué mierda laburo si no me puedo dar un gusto? Qué gusto, la concha de tu madre, disgusto.
Ya desde el vamos me puse de un humor de mierda: no encontré estacionamiento y tuvimos que dejar el auto en la playa H que queda como a 8 km de la entrada de Unicenter. Me quería cortar la pija. Cuando llegamos, a esperar para comprar la entrada. La cola daba vuelta el Patio de Comidas. Las filas numeradas no nos favorecieron. Cola otra vez para comprar una gaseosa, para comprar unos masticables, para entrar al cine, para sentarme. ¡Y después bancarme a las parejas de mierda con sus combos dobles y sus cuchicheos pre- película sobre las publicidad pedorras y las preguntas para deficientes que preparan las grandes cadenas de cine! A esos los odio más que nadie.
Para colmo, los pochoclos salados me hicieron levantarme a mear como 4 veces. Cómo me equivoqué, Dios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario