Pero si tengo que ser sincero --y es la idea de este cuaderno del culo- lo que más me rompió las pelotas de descender fue no poder bancarme las lagrimas. Se necesita mucha fuerza, macho, para comerse la angustia del más grande yéndose a la B. Me acordé de mi viejo, que me llevaba a la cancha de chico... me acordé de aquella vez que fuimos al Monumental a verlo dar la vuelta con el Enzo y Crespo. Qué bueno que mi viejo ya no está, pensaba por dentro, qué bueno que no puede ver esta humillación irreperable de su club del corazón. Y ahí lloré, sí, sobre el final y después, sólo, también.
Puteé al hijo de puta de Aguilar y mandé a la concha de la lora al forro de Passarella y hubiese roto la pared de una piña si Romina no hubiese estado en la cocina, asustada, callada, preparando la comida. Tiene razón cuando dice que esa noche comimos en silencio y que ese silencio fue especial. Los hombres no lloramos, viejo, nos la bancamos. Parezco una minita pero la verdad es que mi corazón pesado se sintió tremendamente más liviano cuando descubrió que Romina, a pesar de mi humillación y mis lagrimas, todavía seguía ahí.

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