miércoles, 29 de junio de 2011

Boys dont cry



Sólo una vez lo vi lagrimear a Rodrigo. Fue hace cuatro años, que puede parecer un montón de tiempo pero en mi cabeza se siente como antes de ayer. Bueno, antes de ayer también lo vi llorar, pero de una manera más desesperada que aquel lunes cuando se murió Tito, su papá. Ese día sólo tenía los ojos rojos y vidriosos de llorar escondido mientras le preparaba el café a sus hermanas y a su mamá. La diferencia es que ahora Rodrigo vive conmigo y no tiene espacios para ocultar su angustia. 

Como estaba previsto se juntaron Rodrigo y algunos de sus amigos gallinas a mirar el partido. Me gusta jugar a ser anfitriona y entonces cociné unas mini pizzas con diferentes toppings y habia muchos dips para las papás fritas y esas cosas horribles que a los hombres les gustan mezclar  con la cerveza. La verdad es que el ánimo al principio era optimista y después del primer gol, ni te cuento. Yo no quería saber nada, qué querés, mientras más minutos pasaban del primer tiempo más nerviosa me ponía. Se me hicieron unos nudos en el estómago tan grandes que no pudo disfrutar el té y me recién cuando me puse a cocinar un apple crumble celebratorio se me pasó un poco. Lo que pasa es que los gritos de la cocina me sobresaltaban mientras pelaba las manzanas --me corté un poquito pero no importa. 

Me importaba poquisimo el resultado del partido; cada vez que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina lo que realmente me preguntaba qué iba a pasar si no lograban otro gol o, peor, si Belgrano les empataba. Lo debo haber llamado con el pensamiento. Después del gol del Belgrano y de ese penal que les atajaron, se hizo un silencio y después cuatro hombres grandes empezaron a llorar y a usar la camiseta como pañuelo.

Los hombres lloran raro. No son como nosotras que nos tiramos de cabeza a un abrazo o nos comemos los labios para aguantarnos. Los tipos se tapan la cara y dejan que las lagrimas caigan, gorditas, por las mejillas. Cuelgan mocos de esas narices rojas y hay algo en el entrecejo que habla de un dolor primitivo e infantil. No quise tocarlo con sus amigos cerca y tampoco quise consolarlo cuando nos quedamos solos, después. Ni siquiera me atreví a seguirlo al cuarto donde rompió el rosario de River y un cenizero de vidrio que compramos en Carlos Paz. 

Pero esa noche cuando se sentó a comer, enojado con la televisión pero mirando religiosamente el programa de Fantino, le serví un pedazo de la torta celebratoria que se convirtió en la torta de la angustia y comimos en silencio. Pero no en el mismo silencio del cansancio de la rutina, no en el mismo silencio de ritual que acompaña a los programas de la noche. Comimos en el silencio de dos personas que encuentran en la mera presencia del otro todo el consuelo necesario. 

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