martes, 21 de junio de 2011

Silencio



Desde que River perdió con Lanus el domingo pasado, todo en casa está muy callado. En realidad, es un silencio tenso, lleno de electricidad; un silencio que me angustia porque no sé cómo subsanar. 

No me engaño. Sé que hoy el lugar de la mujer en relación al fútbol es distinto: las hay tan fanáticas como Rodrigo, chicas con la camiseta apretada que usan la bandera como una especie de poncho que las protege del cemento frío de la popular. Pero yo no pernezco, jamás pertenecí, a ese colectivo. Soy el estereotipo de femenino-futbolero: me importa un pepino. Circunstancialmente me pinto la cara para el mundial pero jamás me puse a llorar después de una eliminación ni me preocupé demasiado por entender el significado detrás de la palabra "promoción". Soy, sí, la que te cocina una pastafrola si los ánimos están bajos; soy la que sabe que el domingo después de una victoria Rodrigo es más propenso a la felicidad y los mimos. 

Hace mucho tiempo que los domingos significan otra cosa en esta casa. "El fantasma de la promoción", dicen los diarios deportivos. Yo quisiera decirles que el fantasma de la promoción vive en mi cama, escondido en los estantes de la cocina, en la ducha del baño, en la guantera del auto desde mucho antes que la derrota del domingo pasado. Pero desde hace unos días, desde que ese gol hizo que el miedo se volviese palpable, en casa hay silencio y preocupación y gastadas de amigos bosteros y malhumor, un eterno malhumor que se ve en los dientes apretados, en la presión de los puños contra la mesa, en la manera en la que se lastima cuando se afeita. 

No me interesa el fútbol. Nunca me importó. Jamás se me hubiese ocurrido, en mis sueños de convivencia adolescente, que mi felicidad iba a estar tan ligada al resultado de un partido de fútbol. 

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