jueves, 26 de mayo de 2011
El cielorraso como chivo expiatorio
Nunca puedo dormir bien después de un feriado. Doy muchas vueltas en la cama, prendo y apago la tele, cuento las horas que me quedan de sueño antes de que suene el despertador y mi desesperación y mi deseo por dormir aunque sea unas horitas aumenta de manera irremediable.
Y después está él, el cielorraso.
Cuando era chica leí una novela buenísima de ciencia ficción, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Lo que más me quedó de ese libro eran las publicidades que se veían en todas las paredes de manera permanente y sin que uno pudiese desconectarse. A Bradbury no le gustaba la idea de que nos vendan cosas hasta en la sopa y lo entiendo. Pero Bradbury, estoy segura, no tenía problemas de insomnio. No hay nada peor, querido Ray, que mirar el cielorraso y empezar a pensar cosas. Una publicidad, aunque sea es escobas, no me vendría mal en este momento.
Son las 05:09 am y debería despertarme exactamente en una hora y moneditas. Envidio los ronquidos cavernicolas que me demuestran que Rodrigo duerme profundamente. Yo también quiero roncar y manchar la almohada con la baba de un sueño imposible. ¿Con qué soñara Rodrigo? ¿Se quedará en la oscuridad, en silencio, mirando el cielorraso como yo y pensando, entre otras cosas, en el ABL que hay que pagar, en las cuotas del auto, en nosotros y en lo que pensamos que seríamos a esta edad?
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