Temblaba cuando con Laura fuimos a comprar esa prueba de embarazo. Tenía 24 años y era la primera vez que me pasaba algo así. Yo siempre fui muy relojito, muy de controlar las fechas y nunca pasarme. Todavía no convivíamos con Rodrigo cuando tuve ese atraso de una semana. Me acuerdo la desesperación de contar las horas, los días, de saber que mientras más me obsesionaba, más nerviosa me ponía y entonces bajaban las posibilidades de que me venga y de encontrar, finalmente, ese alivio, esa seguridad de que no iba a pasar nada.
Como si fuésemos al baño de un bar para retocarnos el rimmel juntas, con Laura pasamos las puertas automáticas de la farmacia Selma algo pálidas y nerviosas y compramos una cajita rosa de la góndola, sintiendo la mirada inquisidora de todas las viejas enfermas que esperaban su 40% de descuento en medicamentos y afines. ¿Y si me encuentra una amiga de las quinientas que tiene mamá en San Isidro? Tendría que haberla comprado en Belgrano o en algún otro barrio lejano en donde nadie pueda reconocerme con esta bomba en la mano.
Cuando llegamos a la casa de mi vieja, me hice un té y esperé las líneas azules con las manos sobre la mesada, la espalda encorbada, derrotada. "Si zafo de esta --prometí a los Dioses- voy a tomar pastillas, voy a atiborrarme de anticonceptivos". Estábamos mirando fijamente el centro de mesa (manzanas verdes y unas bananas madurisimas, a dos días de pudrirse irremediablemente, perfectas para hacer un budín) cuando una única línea me hizo respirar profundo y sonreír.
No se lo conté a Rodrigo pero desde ese día empecé a tomar pastillas. El despertador del celular suena a las 10 de la noche, justo cuando termino de lavar los platos y me preparo para tirarme en la cama a leer twitts. ¿Por qué les cuento esto, por qué comparto esta anécdota de hace años? Porque ya no tengo ese miedo y hoy decidí dejar de tomarlas.

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